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¿Quiénes fueron realmente las “brujas” ejecutadas?

22 ago
7 min de lectura


Cuando recordamos las grandes cazas de brujas, existe una tendencia moderna a imaginar a sus víctimas como mujeres que practicaban secretamente antiguas religiones paganas, conocían las propiedades de las plantas, ejercían como parteras y fueron perseguidas precisamente por poseer conocimientos que amenazaban al poder establecido.

Es una historia poderosa.

Pero la documentación histórica presenta una realidad mucho más compleja.

Entre las decenas de miles de personas ejecutadas por brujería encontramos mujeres y hombres, personas pobres y relativamente acomodadas, ancianos y jóvenes, curanderos y personas sin ninguna relación conocida con la magia.

Y quizá el dato más importante sea este:

muchas de las personas ejecutadas por brujería probablemente nunca practicaron brujería.

Entonces, ¿quiénes fueron realmente?

Primero: “bruja” era una acusación

Cuando estudiamos documentos de los siglos XV, XVI y XVII debemos recordar que encontrar a una persona descrita como "bruja" no demuestra que esa persona se identificara de esa manera.

La palabra aparece frecuentemente dentro de documentos producidos por quienes acusaban, interrogaban o juzgaban.

Existe una diferencia enorme entre decir:

"Esta persona era una bruja"

y decir:

"Esta persona fue acusada de brujería".

Para estudiar históricamente las persecuciones, esta diferencia resulta fundamental.

Personas comunes

Una parte importante de los acusados pertenecía simplemente a las comunidades donde comenzaron las persecuciones.

Eran esposas, viudas, campesinos, artesanos, comerciantes, trabajadores y vecinos.

Sus vidas podían ser completamente ordinarias hasta que una enfermedad, una muerte, una discusión o un rumor los colocaba bajo sospecha.

No era necesario poseer un grimorio secreto.

En determinadas circunstancias bastaba con tener enemigos.

El conflicto entre vecinos

Muchos procesos comenzaron después de conflictos aparentemente cotidianos.

Imaginemos una comunidad pequeña.

Una mujer pide comida a una vecina y esta se niega.

Discuten.

Pocos días después, un animal enferma.

La familia recuerda la discusión.

Si dentro de aquella comunidad existe la creencia de que determinadas personas pueden causar daño mediante magia, la coincidencia adquiere un nuevo significado.

La desgracia necesita una explicación.

Y la persona con quien existía previamente un conflicto puede convertirse en sospechosa.

Los historiadores han encontrado numerosos procesos donde las acusaciones parecen surgir dentro de redes de tensiones comunitarias.

La pobreza y la vulnerabilidad

En determinadas regiones, algunas mujeres acusadas ocupaban posiciones socialmente vulnerables.

Podían ser viudas, ancianas, depender de la ayuda de vecinos o encontrarse en los márgenes económicos de la comunidad.

Esto podía generar relaciones tensas.

Una persona pedía ayuda.

La ayuda era rechazada.

Después ocurría una desgracia.

Una palabra pronunciada durante una discusión podía reinterpretarse posteriormente como una maldición.

Sin embargo, tampoco debemos convertir este patrón en una regla universal.

Las víctimas procedían de contextos económicos diversos.

¿Eran principalmente mujeres?

Sí, pero con importantes matices.

En términos generales, aproximadamente entre el 75 % y el 80 % de las personas procesadas por brujería en Europa fueron mujeres.

Las ideas sobre género desempeñaron un papel evidente.

Determinados tratados demonológicos describían a las mujeres como supuestamente más susceptibles a la influencia demoníaca. El Malleus Maleficarum constituye uno de los ejemplos más conocidos de esta misoginia.

Además, las estructuras sociales podían colocar a determinadas mujeres en situaciones especialmente vulnerables.

Pero los hombres también fueron perseguidos.

Los hombres acusados de brujería

Miles de hombres fueron procesados y ejecutados.

Y en algunos lugares la proporción llegó a invertirse.

Islandia constituye uno de los ejemplos más conocidos: allí, la mayoría de las personas procesadas por brujería fueron hombres.

En otras regiones europeas también encontramos porcentajes masculinos considerablemente superiores al promedio continental.

Esto demuestra que la asociación automática:

bruja = mujer

no funciona para explicar toda la historia.

La brujería fue una acusación profundamente influenciada por el género, pero también por las particularidades culturales de cada territorio.

¿Eran parteras?

Este es uno de los mitos más resistentes.

Durante décadas se ha repetido que las cazas de brujas fueron principalmente una persecución contra parteras porque estas poseían conocimientos sobre reproducción, anticoncepción y medicina femenina.

Las investigaciones históricas no respaldan esta afirmación como explicación general.

Hubo parteras acusadas de brujería.

Pero no fueron la mayoría de las víctimas, ni existe evidencia de una campaña europea sistemática destinada a exterminarlas.

En algunos lugares, las propias parteras podían incluso participar como testigos dentro de procesos judiciales.

La historia real resulta bastante más complicada que el mito.

¿Eran curanderas y herbolarias?

Algo parecido ocurre con las curanderas.

Sí existían especialistas en medicina popular.

Sí utilizaban plantas.

Sí podían realizar oraciones, encantamientos o procedimientos que actualmente consideraríamos mágico-religiosos.

Y algunas fueron acusadas.

Pero nuevamente, no podemos afirmar que todas —ni siquiera necesariamente la mayoría— de las víctimas fueran mujeres sabias perseguidas por sus conocimientos medicinales.

Muchas acusadas no tenían ninguna reputación conocida como sanadoras.

Los cunning folk: quienes practicaban magia contra las brujas

Aquí aparece una paradoja fascinante.

En distintas regiones europeas existieron especialistas populares conocidos en Inglaterra como cunning folk, personas a quienes sus comunidades recurrían para resolver problemas mediante prácticas mágicas.

Podían intentar:

localizar objetos robados, identificar supuestas brujas, realizar protecciones, tratar enfermedades o romper maleficios.

Es decir, una sociedad podía creer simultáneamente en magia perjudicial y en magia utilizada para combatirla.

Algunas de estas personas terminaron acusadas de brujería.

Otras ejercieron durante años sin ser perseguidas.

La relación entre magia popular y persecución nunca fue sencilla.

Personas acusadas por practicar magia

También sería incorrecto ir al extremo contrario y afirmar que ninguna víctima practicaba magia.

Existen casos donde las personas acusadas aparentemente realizaban adivinación, encantamientos, curaciones rituales o diferentes formas de magia popular.

Pero practicar estas actividades no significa que realizaran aquello que los demonólogos afirmaban.

Una persona podía conocer un encantamiento protector.

Eso no demuestra que hubiera firmado un pacto con Satanás.

Podía utilizar plantas medicinales.

Eso no demuestra que asistiera a aquelarres.

Podía practicar adivinación.

Eso no demuestra que volara durante la noche.

La distancia entre la práctica real y la acusación demonológica podía ser enorme.

Personas acusadas simplemente por conocer a otra acusada

Durante las persecuciones más intensas apareció un fenómeno especialmente peligroso.

Los interrogadores podían pedir a una persona acusada que identificara a sus supuestos cómplices.

Si existía tortura o una fuerte presión psicológica, podían aparecer nombres.

Cada nuevo nombre generaba otro interrogatorio.

Cada interrogatorio podía generar todavía más nombres.

Así, una persecución inicialmente pequeña podía convertirse en una cadena capaz de afectar a comunidades enteras.

Una persona podía terminar acusada simplemente porque otra había pronunciado su nombre.

Niños acusadores y niños acusados

Los niños tampoco quedaron completamente fuera de las persecuciones.

En distintos procesos aparecen como testigos, acusadores e incluso víctimas.

El caso de Salem es especialmente conocido por la importancia que adquirieron las declaraciones de varias niñas y jóvenes dentro del desarrollo de la crisis.

Pero Europa también ofrece casos profundamente perturbadores donde menores fueron interrogados por supuestas prácticas de brujería.

Esto demuestra hasta qué punto una persecución podía romper las barreras normales de protección social.

Personas consideradas “difíciles”

Los registros judiciales muestran otro patrón interesante.

Algunas mujeres acusadas tenían reputación de ser conflictivas, independientes, agresivas verbalmente o difíciles de integrar dentro de las expectativas sociales de su comunidad.

Esto no significa que las mujeres independientes fueran automáticamente acusadas de brujería.

Pero en determinados contextos, una mala reputación podía facilitar que futuras desgracias fueran interpretadas como resultado de sus acciones.

La reputación social podía convertirse en una pieza del proceso acusatorio.

¿Qué confesaban?

Las confesiones constituyen uno de los documentos más problemáticos para los historiadores.

Algunas personas confesaron realizar maleficium.

Otras describieron pactos demoníacos, vuelos nocturnos, reuniones de brujas o relaciones con espíritus.

¿Significa esto que realmente ocurrieron?

No necesariamente.

Las confesiones podían producirse mediante:

  • Tortura.

  • Amenazas.

  • Privación del sueño.

  • Interrogatorios repetitivos.

  • Preguntas dirigidas.

  • Presión religiosa.

  • Promesas de misericordia.

Además, los interrogadores conocían las teorías demonológicas de su época.

Sus preguntas podían proporcionar al acusado la estructura narrativa que posteriormente aparecería en la confesión.

¿Todas las confesiones fueron falsas?

Tampoco podemos asumirlo automáticamente.

Algunas personas pudieron interpretar sinceramente determinadas experiencias mediante las creencias sobrenaturales de su época.

Sueños, visiones, estados alterados de conciencia, tradiciones folklóricas o experiencias religiosas podían adquirir significados completamente diferentes dentro de una sociedad profundamente convencida de la existencia de demonios y magia.

El trabajo histórico consiste precisamente en evitar respuestas demasiado fáciles.

No podemos aceptar literalmente todas las confesiones.

Pero tampoco podemos saber exactamente qué experiencia subjetiva existía detrás de cada una.

¿Eran paganas clandestinas?

La idea de que las víctimas pertenecían a una antigua religión pagana organizada fue popularizada especialmente durante los siglos XIX y XX.

Margaret Murray desarrolló la conocida hipótesis del culto de las brujas, según la cual las acusadas habrían pertenecido a una religión precristiana que sobrevivió clandestinamente.

La teoría tuvo una enorme influencia cultural y posteriormente influyó en algunos movimientos neopaganos.

Sin embargo, actualmente la mayoría de los historiadores especializados rechaza la existencia de ese supuesto culto europeo organizado como explicación de las cazas de brujas.

Esto no significa que el folclore precristiano hubiera desaparecido completamente.

Las creencias populares podían conservar elementos antiguos.

Pero eso es muy diferente de afirmar que existía una religión secreta continental de brujas.

Entonces, ¿quiénes fueron?

No existe una única respuesta.

Entre las personas ejecutadas encontramos:

  • Individuos que probablemente practicaban alguna forma de magia popular.

  • Curanderos y especialistas rituales.

  • Personas acusadas después de conflictos comunitarios.

  • Mujeres socialmente vulnerables.

  • Hombres relacionados con determinadas tradiciones mágicas.

  • Personas denunciadas durante persecuciones colectivas.

  • Individuos que confesaron bajo presión.

  • Y probablemente muchísimas personas que jamás practicaron ninguna forma de magia.

Reducirlas a una única identidad significa volver a borrar su verdadera historia.

El peligro de convertir víctimas en símbolos

En la actualidad, la bruja se ha convertido en símbolo de resistencia, autonomía, feminidad, conocimiento y rebeldía.

Esta resignificación puede resultar profundamente significativa dentro de movimientos contemporáneos.

Pero existe una diferencia entre utilizar la bruja como símbolo moderno y afirmar que todas las víctimas históricas compartían esa identidad.

Podemos honrar su memoria sin inventarles una biografía.

No necesitamos convertirlas en sacerdotisas secretas para reconocer la injusticia que sufrieron.

Las personas detrás de la palabra “bruja”

Quizá la forma más respetuosa de recordar a las víctimas sea precisamente devolverles aquello que las acusaciones les quitaron: su individualidad.

No fueron simplemente "50.000 brujas".

Fueron personas.

Tenían familias.

Tenían trabajos.

Tenían amistades y enemistades.

Algunas probablemente creían en la magia.

Algunas posiblemente la practicaban.

Muchas probablemente no.

Y miles terminaron muriendo porque otras personas construyeron sobre ellas una identidad que podía no pertenecerles.

Por eso, cuando estudiamos las cazas de brujas, quizá deberíamos formular la pregunta de otra manera.

No solamente:

¿Quiénes eran las brujas?

Sino:

¿quién decidió llamarlas brujas, por qué lo hizo y qué ocurrió cuando una sociedad comenzó a creer esa acusación?

Ahí encontramos una de las claves más importantes para comprender toda la historia de la persecución.

 
 
 

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